La Nuu

El lema expositivo de la undécima edición del Festival La Nuu de octubre de este año 2025 es Todas las pantallas del mañana.

El año 1984 que dio título a la novela distópica de George Orwell, otro autor, William Gibson publicaba Neuromante. Una obra que comenzaba con la siguiente descripción: “El cielo sobre el puerto tenía el color de una pantalla de televisión sintonizada en un canal muerto”.

En 1989, Dom, el protagonista adicto a la heroína de la novela Ópera ácid de Miquel Creus, está tumbado sobre el sofá y mira al mismo tiempo a dos televisores. En uno mira un concierto de rock mientras que en el otro están emitiendo una película de policíaca. Aburrido, quita el volumen a los dos aparatos, pone un disco de Albinoni y sigue contemplando las imágenes.

En el primer ejemplo, la realidad se tiñe del color de las pantallas. En el segundo, vemos una sucesión de imágenes simultáneas en las pantallas como una especie de anestesia para la angustia y como estupefaciente contra el tedio.

También de los años ochenta es la perturbadora película Videodrome de David Cronenberg en la que las violentas imágenes emitidas por un extraño canal de televisión se conectan directamente al cerebro del espectador y modifican su cuerpo a través de inquietantes alucinaciones. En un debate televisivo del propio filme, aparece el personaje del profesor Brian O’Blivion (olvido en inglés) donde comenta que la pantalla se ha convertido en la retina de la mente, en una prótesis del sistema nervioso. Una tecnología de control que diluye la identidad individual a través del incesante flujo de sus propios deseos.

En la actualidad, cuarenta años después, caminamos por la calle con una pantalla en nuestras manos y a un palmo de nuestros ojos.

No hace demasiado tiempo los test de personalidad incluían la siguiente pregunta: Cuando estás en el tren, ¿qué prefieres mirar el paisaje de la ventana o el rostro de los demás pasajeros?

Una cuestión, ahora, sin sentido.

Vivimos inmersos en un tiempo convulso de una inmediatez incesante. Las imágenes parecen haber perdido toda relación con el pasado y con la prolongación de la memoria. Las imágenes están ahora al servicio de un presente eterno ligado a una cadena infinita de emociones que niegan cualquier narrativa con una mínima voluntad de futuro.

Según Norval Baitello habitamos la era de la iconofagia. Espectadores cautivos, estamos rodeados de una pantalla continua y omnipresente. Su superficie digital se convierte en un espejo líquido deformante, rebosante de espejismos. Una pantalla que nos promete una supuesta ventana abierta al mundo y, por el contrario, invade nuestra existencia para alejarnos de la realidad y de la vida. Pensamos que creamos y consumimos imágenes y son las imágenes las que nos devoran. Hay quien dice que también son ellas quienes nos crean. Sin una constante exposición y auto exhibición visual tampoco tenemos una existencia real dentro del nuevo capitalismo de ficción.

El mundo se ha convertido en pantalla. Vivimos en un mundo-imagen que hace más vigente que nunca el clásico mito de la caverna. El nuevo valor de uso de las imágenes está al servicio de un laberinto narcótico y alienante cuyo objetivo es el olvido y el colapso perceptivo. Una mirada acrítica impulsada por los nuevos actores e intereses monetarios del capitalismo de la vigilancia y economía de la atención.

Cercados de un ruido visual constante, las imágenes se han vuelto transparentes y nuestros ojos ciegos. Somos incapaces de asimilar tantas imágenes, tanta banalidad innecesaria. Hemos dejado de mirar.

Las imágenes se convierten en transparentes- nos recuerda el filósofo Byung-Hul Chan- cuando éstas son liberadas de toda profundidad hermenéutica, de todo sentido y se vuelven pornográficas. Chan entiende lo pornográfico como un contacto inmediato entre imagen y ojo.

La actual crisis de la imagen está íntimamente anudada a una profunda crisis de la percepción. Una crisis ontológica y una crisis escópica ambas vinculadas a una tangible y evidente crisis social.

La polarización política y el deterioro, cuando no eliminación, de los espacios de diálogo e intercambio están ligados al estrecho y reduccionista entorno de los nuevos medios virtuales de las redes sociales y sus mecanismos de ordenación visual del mundo. Un horizonte comprimido y oscuro encadenado a ese capitalismo de las imágenes ya conceptos tan peligrosos como post-verdad y post-democracia.

El lema expositivo Todas las pantallas del mañana quiere ser un aviso para navegantes, pero también un título lleno de futuro. La divisa de este año es un ripio y un homenaje a la canción de The Velvet Undergroung: All tomorrow's parties y, al mismo tiempo, una referencia al ensayo del pintor y poeta Antón Patiño, Todas las pantallas encendidas.

Todas las pantallas del mañana pueden ser una fiesta porque está en nuestras manos defender y luchar para una democracia visual y mantener una resistencia creativa de la mirada.

La pantalla es el nuevo soporte de las imágenes y la historia de la fotografía también es la historia de sus soportes. Si miramos la etimología de la palabra, Coromines nos dice que tiene un origen catalán y es un cruce de las palabras pámpano y abanico. Pámpanos y abanicos. ¿Qué tienen de peligrosos? Ni apocalípticos ni integrados. Ni tecnófilos ni tecnofóbicos. Ni retronostálgicos ni futurofóbicos.

Debemos abrir los ojos de nuevo y aprender a mirar. Abogar por la imagen-tiempo y vivir la experiencia creativa de la mirada, la dimensión poética de la visión de las imágenes necesarias. Aprender de nuevo el arte de vivir.

Como en cada edición, el lema expositivo nos sirve para recoger y comisariar diferentes trabajos de fotógrafos y artistas visuales que en este caso nos ayudarán a reflexionar sobre los peligros de vivir bajo la adicción de este régimen visual totalitario y estrecho al que estamos subyugados, supuestamente de forma voluntaria. También nos señalarán nuevos caminos de resistencia creativa de la mirada para huir de la hegemonía óptica de las imágenes y de su tela de araña narcótica y alienante.

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