La primera imagen que vemos al nacer es el rostro desenfocado de nuestra madre.
El cerebro está acostumbrado y diseñado para leer las caras que nos rodean. Tanto es así que vemos caras donde no las hay. Un fenómeno psicológico conocido como pareidolia, en el que interpretamos imágenes aleatorias o patrones del entorno como rostros. Vemos caras en las formas de las nubes ligeras, en las altas crestas de las montañas o en las manchas caprichosas de las humedades en casa.
La capacidad de interpretar los rostros es una adaptación evolutiva que favoreció, en seguida, a aquellas personas capaces de identificar los estados mentales (alegría, ira, tristeza...) de los demás individuos.
La teoría de la mente es una expresión utilizada en las ciencias cognoscitivas para designar la capacidad de atribuir pensamientos e intenciones a otras personas. Una conjetura que dota al sujeto de la habilidad de comprender y reflexionar respecto del estado mental de sí mismo y del prójimo.
Atribuir un estado mental a los demás humanos está, evolutivamente, vinculado a la lectura del rostro y, directa y filosóficamente, al problema mente-cerebro o al problema difícil de la conciencia (hard problem of consciousness). Esta cuestión hace referencia a la dificultad de explicar cómo la actividad física y electroquímica del cerebro genera la experiencia subjetiva (qualia), es decir, las sensaciones, los sentimientos y, sobre todo, la conciencia de uno mismo. Ser consciente de ser consciente.
Según la definición de Williams James, la conciencia es el flujo prolongado y coherente en el tiempo que nos da unidad como individuos y proporciona una sensación de identidad profunda.
Palabras como mente, conciencia o psique, aunque no son exactamente lo mismo, no dejan de remitir a los términos tradicionales de alma y espíritu.
La visión dualista del ser humano constituido de un alma eterna y un cuerpo mortal todavía pervive, a pesar de que haya sido impugnada por los últimos descubrimientos científicos. Recordemos el libro de Antonio Damasio El error de Descartes o la misma corriente filosófica del existencialismo que refuta que la esencia pueda ser anterior a la existencia.
El neurólogo Roberto Llinás en El cerebro y el mito del yo y el filósofo Thomas Metzinger en El túnel del yo nos describen la identidad del yo como un estado funcional o una construcción del cerebro, a fin de permitir al organismo percibirse como una entidad fuertemente integrada, facilitando así la planificación y el control de las acciones.
Una visión monista y materialista que se ha impuesto en las actuales corrientes filosóficas y en los prometedores estudios científicos de la conciencia como la Teoría de la información integrada de Giulio Tononi, la Global Neural Workspace Theory de Bernard Baars o la Teoría temporo-espacial de la conciencia de Georg Northoff.
La cara es el espejo del alma decían los antiguos y estaban equivocados. El malogrado poeta David González es mucho más sabio cuando escribe: “la cara es el espejismo del alma”. El sentido atávico del retrato se basa en una aparente correspondencia entre rostro e individuo, entre aspecto e identidad. Y, sobre todo, en la creencia de la existencia de un alma persistente, única e invariable.
La definición originaria de retrato implica la aparición de una persona particular que se reconoce por la similitud y semejanza con la cara y que suele titularse con el nombre del retrato. El retrato convencional considera la presentación de un rostro único como representación de un único sujeto inmutable. Todo retrato no deja de ser una ficción consensuada. Una narración sobre la identidad del yo. El auténtico sujeto que quiere representarse siempre estará en otra parte y nunca en la superficie de su rostro.
El retrato pretende una cierta unidad morfológica y se sustenta sobre el concepto de una identidad inmóvil. Nietzsche ya impugnó la idea y "la creencia en el Yo-Sujeto" El sujeto es la ficción de que muchos estados iguales en nosotros son en efecto uno solo. La fragmentación del yo contemporáneo y la disgregación del ser necesitaría más de un rostro para darse cuenta de la naturaleza compleja del sujeto.
"El rostro es una máscara y las máscaras son extensiones de un rostro", escribe Mario Satz. Cuando decimos máscara nos referimos de nuevo a la ficción del yo. No está de más recordar el origen etimológico de persona. El término procedente del latín se refiere a la máscara teatral utilizada por los actores y está vinculada al verbo personare ya que también servía para proyectar la voz. El concepto de persona expresa la singularidad de cada individuo de la especie humana pero cuando retratamos a una persona retratamos realmente una de sus máscaras. Queremos fijar para siempre a un ser humano, sin embargo, retratamos una sombra fugaz.
Quizá sea por eso que el retrato se ve como un asunto del pasado dentro de las corrientes actuales del arte y el pensamiento. Contradictoriamente, no dejamos de hacer fotos de retratos y selfies o de ver cientos de caras desconocidas en las redes sociales. Una sobresaturación que provoca cierta carencia de sentido del rostro.
El escritor Pedro Zarraluki decía que para aprender a escribir es necesario aprender a hacer buenos retratos. Lo mismo podríamos decir de la fotografía.
Los grandes fotógrafos operan como los buenos escritores y logran decir verdades a través de la mentira o de la ficción.
Sin embargo, un buen retrato tiene relación con la verdad o con cierta posibilidad de verdad. Un retrato cuenta a partir de lo individual lo común de la naturaleza humana.
Hay verdad y belleza en las fotografías de retrato. Hay siempre una profunda indagación sobre el individuo y la fugacidad de la existencia.
Los trabajos aquí seleccionados bajo el lema El rostro como mapa. La fragmentación del yo contemporáneo nos ayudan a pensar y reflexionar a través del género del retrato sobre el enigma de rostro, sobre las diversas fuentes culturales e históricas del yo, sobre las dificultades para entender científicamente la experiencia subjetiva de la conciencia, a la vez que, para evidenciar las trampas políticas y psicológicas de toda identidad personal, sea esta elegida o impuesta.